En algún lugar leí que los
mejores años de la vida de nuestros hijos, lo que serán sus mejores recuerdos,
están en nuestras manos, por lo que el camino para conseguir el objetivo de
educarles debe ser una carrera de fondo agradable, alegre y, sobre todo, feliz
para ambos. Ellos, los adultos que serán, se lo merecen.
Cada
vez es más difícil disfrutar de nuestra condición de padres. Hay quienes tienen
la virtud, cuando les corresponde, de aparcar todas sus preocupaciones y
centrarse en la compañía de sus hijos. Pero no nos engañemos, la mayoría de los
mortales estamos agotados y cuando abordamos la labor, no sólo de educar, sino
de disfrutar de nuestros hijos, de prestarles la atención que se merecen con
alegría y buen humor, se nos antoja una cruzada
cuasi imposible de culminar. Yo me he preguntado muchas veces qué puedo
hacer para cambiar este torbellino de obligaciones de toda índole en las que
nos vemos inmersos en el día a día y que consigue que perdamos la perspectiva
de lo realmente importante en la vida, así como la realidad de que la felicidad
hay que encontrarla en el camino y no en ningún resultado. No me cabe duda de
que el día en que nuestros hijos sean adultos y emprendan su propia vida, en
nuestro recuerdo quedarán estos agotadores momentos como los más maravillosos
de nuestra existencia y, entonces, echaremos profundamente de menos su
compañía, alegría, inocencia y capacidad de sorprenderse de todo lo que les
rodea. He llegado a la conclusión de que debemos empezar por proponernos cada
día mejorar como padres, disfrutarlo y transmitir a nuestros hijos lo
afortunados que nos sentimos por su existencia y compañía.
Algún
día será demasiado tarde porque Peter, independientemente del tipo de niñez que
le hayamos brindado, tendrá que crecer y, entonces, sólo nos quedará su
recuerdo.
